
Este proceso podría inducirnos a pensar en una lógica de formas quietas, es decir, en que el resultado final lo fuera estático o rígido y no es así. Ocurre todo lo contrario: el proceso lo es, más que nunca, porque muchas de sus obras conllevan un componente de agitación, de dinamismo, de continuo movimiento. Y así los planos, cuando se unen o se enfrentan, transmiten emociones cinéticas, ilusión de vida, pálpito navegante. Tal vez por esta razón yo encuentro en sus cuadros mucho de travesía, de búsqueda, de viaje interior, de persecución del ideal…
Aquella doctrina de formas a la que me refería antes es, en cierto modo, trasunto de un sentimiento de raíz espiritual, un sentimiento propio de desvelados, de esos desvelados que atienden al rumor de lo misterioso y viven reconociendo las huellas del milagro. Por más que la geometría o el número, el perfil de la talla o los precisos dictados de la escuadra traten de apresar la clave que nos lleve al conocimiento, es el misterio al fin lo que prevalece; lo misterioso que nos rodea, lo misterioso que nos define. De ahí que su obra nos transmita ese frescor de lo vivo, esa inquietud que atiende y mira, aun en lo próximo y adverso, a lo ignoto.